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Lunes 29 de Mayo de 2017

Abel Pintos - Increíble

'El Angel de la Vida': gusta, emociona, hace felíz a la gente

12 de Enero de 2013 | 19:40 hs.

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 Mi recuerdo se remonta a aquel pequeño que una noche en el escenario de Cosquín, de la mano de Mercedes Sosa, sorprendía a toda la Plaza con su voz -muy diferente a la de hoy- que nada sabía de él. Claro, todavía no había experimentado el desarrollo de su cuerpo. Pero ya vislumbraba una posibilidad de ser algo fuera de lo común, a pesar de que su estructura vocal era rígida, propia del escaso conocimiento y rodaje en el arte de cantar.

Pasó el tiempo, y volví a reencontrarlo en el escenario de Viña del Mar, defendiendo la canción de Víctor Heredia:  Bailando con tu Sombra". Era el año 2004. El veredícto del jurado fue unánime, y la ovación del público, fue descomunal. Más, teniendo en cuenta lo duro que suele ser, a veces, el público chileno para con los artistas argentinos. Allí, dónde siempre el triunfo no debe dejar ninguna duda. Esa noche, Abel, todavía luciendo su enrulada cabellera, puso su nueva y exquisita voz, que sería la definitiva. Fue un espléndido regalo para los argentinos, ver a un jóven de tanta calidez, brillar con un tema imponente del "negro" Víctor.

Un par de años después, por casualidad, una emisión musical de Canal 7 me brindaba la oportunidad de comprobar su evolución, ya no tan sólo como cantante, sino como compositor. Pero, a decir verdad, no lo llegué a entender cómo otras veces. Seguramente, mi error estribó en la falta de la debida atención. Lo que a veces suele sucederme. Y, de ahí en más, solo sabía de su proyección por comentarios periodísticos, o de jóvenes que se manifestaban exponiendo sus grandes virtudes, y no, precisamente, las artísticas. "Es tan buena persona", me dijo al pasar uno de mis nietas. Yo, incrédulo, por profesión, lo atribuí a ese fanatismo que solemos tener todos por algo que nos gusta en demasía, sobre todo si somos jóvenes. Hasta que la noche del viernes, sin proponérmelo siquiera, me encontré frente al televisor para ser absorvido por la presentación de Abel en el Festival de la Doma y el Folklore en Jesús María. Y vaya si fue el tiempo mejor aprovechado de mis noches, desde hace mucho tiempo. Realmente fui feliz.

Encontrarme con un ser que, a pesar de su juventud, pueda transmitir tanto desde su pasión por cantar, no tengo memoria. A lo mejor exagero haber visto y escuchado cantar a un artista con tanta entrega, corazón, sentimiento, nobleza, expresión y comunicación con su público, a la vez. Jugar con sus fraseos tonales para darle a cada estrofa de la prosa el ropaje exacto que necesitare para ser entendida, disfrutada y mimada por el sentimiento de la audiencia. Sacar desde lo más profundo de su ser, el torbellino creativo de su alma, y convertirlo en pinceladas de placer sobre el lienzo de su piel, para ir transformándose en rasgos mágicos de belleza, ternura y sorpresivas caricias de talento. Cada canción era cómo ver el nacimiento de una pieza única e irrepetible que el artista plasma desde su bendita y bienvenida locura de verdad, sufrimiento, amor y esperanzas que cuelga como adorno de su existencia.

Ver a un tipo con la mirada colmada de bondad, y agradecimiento por la dicha recibida -en estos tiempos- no es poca cosa. Verlo ofrecer su sonrisa a la multitud, con esa boca abierta para que se le vea el corazón en toda su dimensión, sin ninguna sobreactuacón que el momento impone, es un goce maravilloso que ningún ritual preconcebido podrá asemejársele siquiera. Y eso es un verdadero regocijo para el que pensó, en algún momento, que nada bueno puede venir.

No sé por qué, me vinieron a la mente una sucesión de secuencias, no tan alentadoras, que los argentinos estamos recibiendo desde un tiempo a esta parte, como si el derecho a sentirnos y ser felices, no estuviera en nuestro camino. No sé por qué, pero fue una necesidad de hacer la relación, e inmediatamente cotejarlo con esta realidad que estaba ocupando mi noche. Y de pronto, cómo si hubiésemos estado pensando lo mismo, Abel le dice a la gente: "A veces es necesario pasar por ciertos momentos que no queremos, circunstancias que no esperamos, para poder darnos cuenta que debemos ser fuertes y luchar por lo que queremos, y comprender que sólo con amor, podremos ser felices. Así como el amor que ustedes me están dando esta noche". Y la verdad, que sin darme cuenta, las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. No saben lo bien que me sentí, y me vinieron esas lágrimas espontáneas. Fueron cómo un chaparrón reparador de una cargada noche de verano, que si no estaba Abel, a lo mejor mis nubes ni se enteraban.

Cada tema que entregaba era el deleite de la colmada Jesus María, que había logrado dejar gente en la calle porque no había más lugar para nadie. Los jóvenes no eran los de siempre, desmadrados por su ídolo, para nada. Era inequívoco. Parecía que cada uno quería -a través de sus ojos- meterse en las vísceras mismas de Abel. El contacto del alma era casi palpable. Era total. Hasta los niños, que los había, no podían ocultar su emoción. Y ni que hablar de los que ya pintaban cientos de canas.

En otro momento, el largo y cincelado cuerpo de Abel se detuvo para que desde su tranquila y casi adolescente voz pudiera expresar: "A los que creen en Dios y la Vírgen, pídanle que los proteja siempre, que los bendiga en todo lo que quieran emprender, que les dé mucho amor y que los haga muy feliz. Y a los que no creen, que el universo, y toda la energía que esté a su alrededor les brinde exactamente lo mismo, porque, en definitiva, el amor es el mismo".

Y antes de despedirse, dejó el último mensaje a viva voz: "Y recuerden, le digamos "no" a las drogas y a la trata de personas", para rematar con su versión de "El antigal", más sublime y espectacular que nunca. Con una integridad de espíritu y profesional que rompió el molde del espectáculo, como significado de show en la materia. Fue de tal magnitud que, en el último remate, entró a  la nota que correspondía, y cuando se dio cuenta que sus cuerdas habían desobedecido la órden, no tuvo empacho en corregir sobre la marcha y ponerla en las notas que debían transitar. Una muesta más de dignidad, respeto y devoción por lo que hace y por los que lo quieren, tal cual es. Esa versión de "El Antigal" seguramente fue festejada por Ariel (Petrocelli) en su descanso más glorioso, dónde habitan los supremos creadores de la sensibilidad, el amor, y la vida. ¿Viste Ariel, que al final iba a aparecer el que cantara, cómo vos soñabas, tu jamás olvidado homenaje al indio en soledad?

Cantó Abel, y fue como la aparición esperada del "Angel de la Vida". Hoy, para no faltar a la verdad, recién puedo entender por que lo siguen, quieren, disfrutan y admiran tanta gente. Es que no es para menos. Escuchar cantar a un tipo de esta manera y sentir que es un ser de tan buenos sentimientos, es para estar felíz.


                                                                                                                  Juán C Fernández



Fuente: http://www.youtube.com/watch?v=6Wh-qTqwIEY
      
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